El gerente del Complex Educatiu ganó su primer sueldo trabajando 12 horas al día en el campo
Javier Díaz -
21/07/2008 18:20
Como buen valenciano –aunque vivió desde muy pequeño en Zaragoza– creció entre naranjos y algarrobos. Sus primeros pasos en el mundo laboral los dio en la huerta de su padre en su pueblo natal: Benisanó. Cuando llegaban las vacaciones de verano guardaba los libros en un cajón y se ponía el mono de trabajo. Se levantaba cada día a las seis de la mañana... y al campo. Hacía de todo: recolectar, segar, podar, arrancar las malas hierbas... lo que hiciese falta.
«Iba cuando mi padre me lo decía. Si eran las 8 de la mañana y todavía no me había llamado, respiraba tranquilo: ese día no tenía que ir. Trabajábamos desde las 06.30 h. hasta las 12.00 h., más o menos. No cobraba nada, pero me lo pasaba muy bien», recuerda el gerente del Complex Educatiu de Tarragona (antigua Universitat Laboral).
De la ciudad al campo. Pérez tenía muy claro que no quería dedicarse toda la vida a la agricultura, pero era una buena manera de sacarse un dinerito durante las vacaciones. Cada verano hacía las maletas y cambiaba Zaragoza por la casa de sus tíos en el pueblo. A los 15 años consiguió su primer empleo remunerado: un trabajo de 12 horas diarias en el campo, recogiendo cebollas, patatas, peras... Cobraba 1.500 pesetas al día y sólo libraba los sábados por la tarde y los domingos. «Los primeros días fueron duros. Llegaba a mi casa reventado y con los brazos quemados por el sol. Pero cuando me pagaban los sábados –cobraba semanalmente– se me pasaban todos los males. Aquella experiencia me enriqueció mucho personalmente. Conocí a gente de todas las partes de España», comenta.
Con su primer sueldo cumplió un deseo que llevaba tiempo rondándole por la cabeza: darle su primer jornal a sus tíos. «Me sentía en deuda con ellos por acogerme en su casa todos los veranos. Así que cuando cobré mi primera paga le di el sobre con el dinero a mi tía, que no quiso cogerlo», indica. Este empleo le dio una cierta libertad e independencia económica. Algo que siempre quiso. «Con lo que ganaba tenía para cubrir mis gastos: salir de ‘juerga’ con mis amigos, ir al cine, a la piscina...», dice.
Pérez también aprovechaba las vacaciones de verano para dar clases particulares. «Era un negocio ruinoso. Mis alumnos solían ser amigos míos, y los que no lo eran, acababan siéndolo, así que nunca les cobraba. Les decía: ‘Si aprobáis en septiembre ya hablaremos’ y ahí se quedaba todo. Eso sí, me invitaban a todos los refrescos o cervezas que quisiera», afirma.En invierno se convertía en un urbanita más. Estudiaba Filología Clásica y, entre clase y clase, trabajaba como repartidor en una carnicería de Zaragoza. «Mientras me preparaban los encargos también vendía aceitunas en la tienda de al lado, que era de los mismos dueños», explica.
La cultura clásica (griega y romana) le apasionaba. Terminó la carrera con 22 años... y a los pocos meses ya ejercía como profesor.