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Liberar las patentes. Vacunas para todos

Sesenta naciones se han unido a la petición de Sudáfrica y la India a la Organización Mundial del Comercio de suspender los derechos de propiedad intelectual de las vacunas mientras dure la pandemia

CARLOS IAQUINANDI CASTRO

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Carlos Iaquinandi Castro

Carlos Iaquinandi Castro

Estamos en una situación de grave emergencia sanitaria mundial, la mayor desde hace más de un siglo. La pandemia ha provocado casi tres millones de muertes y hay 140 millones de infectados. Pero no es solo eso: hay cientos de miles de personas que pasaron el punto crítico de la enfermedad hace ya varios meses pero tienen secuelas, algunas complejas y persistentes que condicionan su vida. Únicamente en el Hospital del Mar de Barcelona se atienden unos 4.000 pacientes en el Departamento dedicado exclusivamente a un seguimiento multidisciplinar postCovid-19.

El sube y baja cotidiano de cifras y medidas preventivas agota a los ciudadanos y termina ocultando la magnitud real de la pandemia. A eso se suma la pugna diaria entre gobiernos y políticos, autonómicos y estatales. ¿Qué tiene que ocurrir para que, aunque sea temporalmente, dejen de acusarse y sepan sentarse en una mesa para coordinar las medidas que corresponden? ¿Por qué no suelen hacer caso a los epidemiólogos, a los profesionales que realmente pueden aconsejar con fundamento? Todos los expertos coinciden en que para detener la pandemia global se necesita una respuesta global. Al menos podrían ponerse de acuerdo para que España se sume a los países que han pedido la liberación de las patentes de las vacunas, para facilitar su producción y distribución.

Durante las guerras mundiales, los gobiernos ordenaban a las fábricas detener la producción de vehículos o de cualquier otro elemento para dedicarse a bombas, tanques o fusiles. Las convirtieron en industria de guerra. Ahora se trata de salvar vidas, no de matar o destruir. Pero prevalece la mezquindad y el lucro económico de las grandes corporaciones sobre la vida de millones de personas. Profesionales y técnicos sanitarios recuerdan que esas empresas han recibido miles de millones de fondos públicos, en especial de EEUU y Europa, para desarrollar sus vacunas. Un informe de la revista médica The Lancet de febrero precisa que las farmacéuticas recibieron unos 10.000 millones de dólares de fondos públicos y de organizaciones sin ánimo de lucro para financiar sus investigaciones.

Se trata de salvar vidas, no de matar o destruir. Pero prevalece la mezquindad y el lucro económico de las gran-des corporaciones sobre la vida de millones de personas

Las propuestas de la Organización Mundial de la Salud para acelerar la producción de vacunas han sido rechazadas por los países ricos. Raquel González, responsable de Médicos Sin Fronteras, declaró a la BBC que «a día de hoy no se ha compartido ninguna tecnología, no se ha compartido nada». Igual sucedió con la iniciativa de Sudáfrica y la India, que solicitaron a la Organización Mundial del Comercio que suspenda los derechos de propiedad intelectual de las vacunas mientras dure la pandemia. Se sumaron sesenta naciones. Eso evitaría que el control quedara exclusivamente en las grandes farmacéuticas que fijan los precios en forma arbitraria y deciden a quién vender. Pero EEUU ya ha vetado esa posibilidad, con el respaldo de las revistas económicas que apuntaron que lo contrario «sería transgredir las normas básicas del capitalismo», confirmando una vez más la escala de valores del capitalismo y el lugar que ocupa en este sistema la vida y el bienestar de la gente. Tampoco ha funcionado la COVAX –otra propuesta de la OMS– para garantizar una distribución justa y rápida de pruebas de diagnóstico, tratamientos y vacunas a los países que lo necesitan.

La publicación norteamericana Democracia Now recuerda que «la pandemia exige una respuesta colectiva y global que pocas veces se requirió en la historia de la humanidad». Añade que «los virus no respetan las fronteras, y en un planeta cada vez más interconectado es urgente un enfoque cooperativo para afrontar la grave crisis». Destaca el ritmo de vacunación del gobierno de Joe Biden a la población norteamericana. Pero el mismo sostiene que «si se permite que el virus se propague en otras partes del mundo y mute hacia variantes más letales, nadie estará a salvo». Apunta que hay países como Haití que no ha recibido una sola vacuna y otros, que apenas unos cientos de dosis. El 75% de las vacunas aplicadas correspondía a diez países.

Mientras tanto, China y Rusia eligieron el camino de la «diplomacia de las vacunas», entregando dosis gratuitamente o con importantes descuentos a las naciones más necesitadas. Entre esos países figuran Turquía, Hungría, Chile o Uruguay. Esto mitiga pero no soluciona el problema de fondo: que la vacuna llegue pronto a todos los países. Mientras Cuba ha anunciado haber logrado en sus centros de investigación una vacuna efectiva, Soberana02, a la que el diario The New York Times calificó como «un logro científico extraordinario». La editora de MEDICC Review también elogió a los investigadores y afirmó que la vacuna se encuentra en fase final. Es intención del gobierno cubano hacer una vacunación masiva de toda su población y ofrecerla a muy bajo precio a los países de la región o a quienes la necesiten.

La población del planeta afronta el coronavirus mientras padece los efectos de otra grave pandemia: la desigualdad. A ello se suma el cambio climático y su amenaza destructiva. Por eso la liberación de las patentes de fabricación tiene que ser un reclamo colectivo y asumido por todos los gobiernos, en particular por aquellos donde están radicadas las grandes empresas. Para quienes se asumen católicos, pero no siempre escuchan lo que dice el Papa Francisco, recuerden que ya en diciembre dijo: «No pueden las leyes de mercado y las patentes estar sobre la ley del amor y de la salud de la humanidad». Y añadió: «Vacunas para todos. Especialmente para los más vulnerables y más necesitados del planeta. Estamos todos en la misma barca». El director general de la OMS Tedros Adhanom afirmó que «la distribución desigual de las vacunas no solo es un ultraje moral, también es autodestructiva desde el punto de vista económico y epidemiológico». «Los países más pobres del mundo se preguntan si los países ricos realmente hablan en serio cuando hablan de solidaridad». Recordó por último que ya en enero el mundo estaba al borde de un catastrófico fracaso moral a menos que se garantizara urgentemente una distribución equitativa de las vacunas.

«No acepten lo habitual como cosa natural, pues en tiempos de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural, nada debe parecer imposible de cambiar». Eso decía Bertold Bretch en 1930, y eso es lo que tendremos que hacer antes de que sea demasiado tarde.

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