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No somos tontos

Nuestro cerebro se defiende de la sobre comunicación, del ruido y de las distracciones constantes

Xavier Oliver

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Xavier Oliver, profesor de IESE Business School

Xavier Oliver, profesor de IESE Business School

¡Nuestro cerebro es impresionante! Parece que en él cabe de todo, aunque la realidad es que tiene algunos límites automatizados que nos sorprenden. Recuerdo un experimento que hicimos en Sudáfrica al someter a un adolescente bosquimano a ver la televisión durante 15 minutos seguidos. Su tribu nómada le había llevado a la escuela primaria, pero a partir de ese momento, no se separaron de él en sus rutas por el Kalahari. ¡Hacía 10 años que no veía un televisor!

Su fascinación durante aquel cuarto de hora fue total. Estuvo casi pegado a la pantalla hasta que le preguntamos qué había visto. Recordaba cada segundo, cada detalle, cada cara, los diálogos, las localizaciones… Ahora inténtenlo ustedes. Pónganse frente al televisor, y préstenle su total atención, aunque sean solamente 5 minutos, y traten de recordar lo que han visto. Yo ya lo probé y mi decepción fue enorme. Nuestro bosquimano era infinitamente más capaz de observar y recordar más que yo.

Pensando en ello, llegué a dos conclusiones a cuál mejor. La primera es que nuestro cerebro está mucho más lleno de información que el de un nómada en el desierto. Sabiendo que los ordenadores van más despacio a medida que se va llenando su memoria, quizás sea verdad que los cerebros más atareados tienen menor memoria disponible para recordar detalles.

La segunda conclusión es que una persona que vive en el desierto y en condiciones difíciles, está mucho más dotado que nosotros para la observación y el recuerdo de lo esencial que le conserva en vida. Ejercita su cerebro primitivo y lo completa con pequeños aprendizajes como hacían los humanos hace muchas décadas. Creo firmemente que una memoria muy llena tiene que vaciarse de vez en cuando. Cuando aparecieron los teléfonos móviles, la mayoría de nosotros olvidó todos los números que había almacenado en su memoria, ¿por qué? ¿No será que existe un mecanismo automático de olvido de lo poco importante para aligerar la carga de información? Podría ser, ¿no les parece?

Pero la capacidad de almacenar también depende de donde vivimos y nuestro entorno. Recuerdo hablar con un pastor de ovejas en los Pirineos hace muchos años que era capaz de ver lo que nosotros no veíamos y oír lo que no percibíamos… Su atención era mucho más aguda que la nuestra, su entorno lo propiciaba.

Aquellos que viven en silencio reaccionan de manera distinta de quienes viven rodeados de ruido y eso afecta directamente a la calidad de nuestra atención y archivo de la información.

En definitiva, nuestro cerebro se defiende de la sobre comunicación, del ruido y de las distracciones constantes: de la sobre comunicación, ignorándola; del ruido, convirtiéndolo en paisaje y de las distracciones constantes limitando los recuerdos a lo más excitante.

Si nos concentramos en la televisión, al principio lo veíamos todo de corrido (tampoco había más opciones). Cuando proliferaron los canales, los anunciantes y sus agencias se dieron cuenta que cada vez era más caro llegar a su público objetivo porque se había desperdigado. Más tarde aprendimos a ver en diferido evitando los bloques publicitarios y pasando sus sugerencias con total indiferencia.

Hoy existe el peligro de que el televisor se haya convertido en un elemento imprescindible en el hogar pero que pocos lo ven sin hacer otra cosa a la vez: jugando en un móvil o tableta, leyendo, haciendo punto, crucigramas…. Y ¿cuándo le prestamos atención? ¡Cuando pasa algo muy gordo!

Hemos perdido la capacidad de concentración si no hay adrenalina de por medio. Cada vez cuesta más que la gente preste atención y, por lo tanto, cada vez es más difícil contar algo que no suene a viejo o visto. Estamos constantemente reinventando los mensajes para que alguien se pare y nos oiga y la comunicación se ha convertido en un camino de lágrimas y espinas, cada día más difícil.

Pero si se paran un momento en silencio, escuchando el zumbido de sus oídos y de lo que les rodea, se darán cuenta de que eso -su yo- es lo único que son, lo más importante que tienen y, quizás entenderán que nuestro cerebro es magnífico pero que debemos tratarlo con respeto y no llenarlo de porquería sin sentido. Si lo hacen, se darán cuenta inmediatamente de que no somos tontos sino unos seres magníficos capaces de observar el mundo como nuestro bosquimano observa un desierto sin nada que él ve lleno de todo.

Xavier Oliver es profesor de IESE Business School.

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