Antoni Coll -
24/07/2008 8:18
Cuando Albert Speer, el lugarteniente de Hitler, salió ya muy viejo de la cárcel de Spandau, un periodista le preguntó si Hitler era un loco. «Lo que ocurre –respondió– es que cuando un hombre llega a tales extremos, lo atribuimos a locura, pero en realidad no sabemos hasta dónde llega el ansia de poder de un hombre». Recordé esta reflexión pensando en Milosevic y en Karadzic, que a finales del siglo XX desencadenaron la última guerra europea. Yo mismo califiqué ayer de loco a Karadzic, quizá por mi gusto por la paradoja, siendo él psiquiatra.
Pero un loco no toma decisiones frías y coordinadas, como este cerco y bombardeo repetido de Sarajevo, esas operaciones de ‘limpieza étnica’ como la de Srebrenica. La identificación entre el poder y la verdad subjetiva, razón de toda dictadura, es lo que produce tales consecuencias mortales. Por algo se dijo que no hay peor veneno que el procedente de la corona de laurel del césar. Es un veneno capaz de matar a miles de personas.